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  NOELIA BARCHUK  23 de noviembre de 2017
Soledad otra vez. Por Noelia Barchuk
Una ficción que trata sobre el flagelo de la violencia doméstica. Para leer entre todos y comentar.

SOLEDAD OTRA VEZ

De Noelia Barchuk.

Trizia se ganaba la vida en un bar de mala muerte. Aún le calzaban los mismos vestidos que usaba a los dieciséis años, un tanto más ajustados en las caderas y dejando notar una incipiente celulitis. Limpiaba el local, se encargaba de la cocina con lo poco que se ofrecía para comer, atendía al público, sean éstos clientes, proveedores o inspectores; éstos muy raramente aparecían. Pero no tocaba la caja. Fernández era el único que muñido de la llavecita bendita, abría y cerraba el cofre de la felicidad.

Los días y las noches eran siempre las mismas. Las tardes quizás, dentro de la rutina, repuntaban con el amor de las telenovelas. Una o dos horas de lunes a viernes, para deleitarse con las ficciones mexicanas o colombianas: melodramas rosas, donde siempre, y pese a infinitas peripecias, la muchachita pobre termina convirtiéndose en la gran dama rica, con galán y medio a su lado… ¡Qué sola se sentía los fines de semana!

Suspirar… alguna vez Soledad Castuña había sido una de esas muchachitas lindas e ingenua de las novelas. Seguía siendo pobre, y con un hombre que no la trataba galantemente. Se llamaba Soledad, antes de Trizia, nombre que su patrón-marido le dio rebautizándola.

Al compás que a él le crecía la barriga, los celos a la par, por igual razón alcohólica. En resumidas cuentas, Fernández comenzó a propinar a su empleada-mujer, esporádicas palizas, con ataque de arrepentimiento final. Luego pasaron a ser frecuentes y sin sombra de posterior vergüenza.

Trizia juntó coraje, y hasta tres veces, llegó como sus fuerzas la acompañaron hasta la comisaría del pueblo a formalizar ante la ley su clavario. Los policías le tomaban la declaración, simulaban oírla atentos y preocupados se ofrecían de mediadores; también la espiaban cuando el médico la revisaba. De ahí no pasaba la cosa.

Fernández se apalabraba a los milicos fácilmente tras servir una ginebra tras otra. Todo quedaba entre hombres, la culpa de los cintarazos siempre sería de ella; esa guaina loca que atraía las miradas ajenas. Ella pensó en huir, pero tras un intento fallido, fue amenazada la suerte de su familia. Fernández juró que hasta Chicho, el perro, pagaría con creces, si se iba.

Quiso hablar con el cura, pero sintió pudor y un poco de culpa, por estar viviendo en pecado con ese hombre, que alguna vez fue bueno y la enamoró. Tal vez se lo tenía merecido, llegaba a su mente, ese común denominador de la víctima. Pero una noche, se escucharon sus ruegos. Misteriosamente, el patrón-marido no volvió a casa. No volvió nunca jamás. En su reemplazo, llegó Manuel, aseverando ser el nuevo dueño del “Azul”. Lo era, de algún modo, obtuvo las escrituras y la documentación pertinente al comercio.

El nuevo patrón venía con un crío pequeño, por eso pidió a Trizia que por favor se quedara; pero nunca osó traspasar la barrera de su alcoba. Es más, entre las modificaciones realizadas, fijó el descanso semanal para ella, además de techo y comida, convino en un modesto salario. Lo mejor para Trizia fue cuando le encargó confeccionar cortinas y manteles nuevos. Se trataban con respeto y el niño era un ángel.

Así el tiempo fue curando las heridas del cuerpo de aquella mujer, sin embargo, las del alma, seguían en carne viva. Cierta tarde, el viento había alborotado los cabellos de Trizia, mientras concienzudamente intentaba barrer la vereda. Manuel salió a su encuentro y en un rapto de locura, quiso acomodar una flor en la despeinada cabeza.

Ella no vio la flor. Ante el amague de un brazo de hombre sobre su sien, el miedo se hizo presente y la desesperación de protegerse la hizo dar escobazos por la espalda a Manuel. Él por fin se atrevió a abrazarla. Alzó el jazmín pisoteado del suelo y se lo guardó entre las manos.

La misma flor eligió un año después para el ramo de novia. Dejó bien dobladita la tristeza con el nombre Trizia. Volvió a sentirse Soledad, pero nunca más sola ni mal acompañada.



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